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Día 8. Poblado Masái – Llegada a Ngorongoro

Escrito por octubre 22, 2019 Ningún comentario

Muy temprano y con mucha pena dejamos a nuestras espaldas el Pumzika Safari Camp, el que se ha convertido en nuestro campamento favorito. No sabemos muy bien por qué es, pero seguramente tengan la culpa las acacias que rodeaban las tiendas y que rompían con el paisaje totalmente llano, los sonidos nocturnos de animales próximos o la amabilidad de sus trabajadores. Pero en África no hay tiempo para lamentarse y había que pensar en el próximo destino, y este no era otro que el Área de Conservación del Ngorongoro.

Ya de camino y pensando que aún nos faltaban por ver dos de los “big five”, nuestro conductor paró en seco para avisarnos de que allí estaba “él”: el leopardo que tanto habíamos buscado nos esperaba acostado en plena sabana. El grupo no se lo podía creer. Habían sido muchas horas de búsqueda y por fin habíamos dado con él. Ahora solo nos quedaba uno: el rinoceronte.Tras este acontecimiento único para nosotros, seguimos la ruta hacia Ngorongoro y por el camino nos encontramos a varios guepardos, leones, hipopótamos, jirafas, etc. ¡Una maravilla!El Área de Conservación del Ngorongoro está ubicado a 180 km al oeste de Arusha en el norte de Tanzania y al sureste del Parque Nacional del Serengueti. En su interior alberga un extenso cráter volcánico, de 20 km de diámetro, donde conviven más de 25.000 animales y habitan más de 40.000 pastores masái.

El cráter del Ngorongoro está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y contiene una variedad de hábitats y paisajes (llanuras de pastizales, sabanas arboladas, bosques, montañas, lagos, pantanos…) en los que se pueden ver, además de ñus, cebras, gacelas Thomson y de Grant, hienas, flamencos, avestruces o pájaros secretario, a los cinco grandes: el león, el leopardo, el elefante, el búfalo y el rinoceronte, o a los seis grandes si se incluye al hipopótamo. No obstante, el safari por el cráter del Ngorongoro lo realizaríamos al día siguiente; para este día teníamos otro plan, más especial aún como era visitar un típico poblado masái.

Antes de llegar a él, paramos en un área de servicio del Serengueti a comer e hicimos una corta ruta por una colina, para estirar las piernas, cuyo final fue un pequeño mirador desde el que pudimos contemplar la extensa llanura bajo nuestros pies. Esta visión jamás se nos borrará de nuestras retinas, pues no nos esperábamos unas vistas así.Después de esta pequeña caminata, regresamos al camión y nos pusimos de nuevo en marcha dirección al Ngorongoro. Conforme nos íbamos acercando y nos disponíamos a subir el cráter, el horizonte iba cambiando, con mucha más vegetación y paisajes más montañosos. Comenzamos a ver pequeños masáis por las laderas de las montañas encargándose del pastoreo de vacas y ovejas. Poco a poco empezamos a sentir las emociones a flor de piel y eso que aún no habíamos llegado al poblado. De repente el camión dejó la carretera y nos adentramos en una especie de descampado. Miramos al frente y allí, a las puertas de su poblado, nos estaban esperando sus habitantes: hombres y mujeres de la tribu masái, junto a sus hijos, que nos dieron la bienvenida con su famosa danza de saltos. Indescriptible.Tras este espectacular recibimiento, comenzó la visita por el poblado y la primera parada fue la escuela. Aún se nos pone la piel de gallina cuando recordamos las condiciones en que se encontraba ese habitáculo de 3 metros cuadrados denominado “escuela”, construido con cañizos, barro y excrementos. En cada pupitre se sentaban tres niños y, aunque no los contamos, creemos que dentro se encontrarían, al menos, unos treinta. Nada más entrar y saludarles nos empezaron a cantar una canción que nos llegó al alma. No entendíamos la letra, pero eso daba igual. Lo importante es que se la habían preparado para nosotros y en sus caras solo se veía felicidad.Esta primera parada fue muy dura e intentamos que ellos no nos vieran tristes mientras comenzamos a enseñarles juegos con las manos. Después nos dividieron por parejas y un masái llevó a cada pareja a su casa para enseñársela por dentro. No mentimos si os decimos que la altura de estas casas es de aproximadamente un metro, pues tuvimos que agacharnos para poder entrar. Los elementos de construcción eran los mismos que los de la escuela.

Allí dentro apenas se veía, pues no tienen electricidad, evidentemente. Tan solo hay un pequeño agujero en el techo para que entre luz y para que salga el humo del fuego, cuando lo encienden en invierno. A modo de camas tan solo había dos tableros de madera o algo similar: en uno dormía el padre y en el otro la madre con sus dos hijos. Y… nada más. Dentro de la casa no había nada más porque hacen su vida fuera. Dos minutos después de la visita a la casa salimos y en los pasillos que hay entre las casas, dispuestas de forma circular, encontramos unos puestecillos donde las mujeres enseñan la bisutería, las figuritas o los posavasos que diseñan y los venden a los turistas. Nosotros, cómo no, compramos unos posavasos de recuerdo y unas pulseritas, pero esta vez sin regatear demasiado. Lo que queríamos era ayudar.

La visita completa al poblado no duró más de una hora, pero fue tiempo suficiente para aprender a valorar lo que tenemos y para comprender que se puede ser feliz con muy poco.El camino que quedaba hasta llegar al campamento del Ngorongoro lo hicimos prácticamente en silencio, pensando en lo vivido y con alguna que otra lágrima en los ojos.

Al atardecer llegamos al campamento y allí sus trabajadores nos recibieron con la mejor de sus sonrisas y un exquisito zumo de frutas. Mientras nos preparaban el agua caliente para la ducha, nuestra guía nos pidió que la acompañáramos y, sin esperarlo, nos acercó a una especie de acantilado desde donde tuvimos unas vistas inmejorables del enorme cráter de Ngorongoro con el sol ocultándose en el horizonte. Impresionante.Tras la ducha, nos reunimos con los compañeros alrededor de una hoguera mientras terminaban de preparar la cena. Al encontrarse nuestro campamento a más de 2000 metros de altitud, hacía bastante frío, por eso nos prestaron las típicas mantas masáis para taparnos y después nos sorprendieron con una bolsa de agua caliente para que pudiéramos dormir calentitos. 

La cena, como siempre, estuvo riquísima. Tomamos sopa, carne con puré de patata y de postre un chocolate caliente que nos sentó fenomenal. Para que se nos olvidara un poco el frío que estábamos pasando, todo el equipo local de Ratpanat nos sorprendió con un baile y unas canciones que enseguida nos enseñaron para que las cantáramos nosotros también. Creemos que jamás se nos olvidarán esas letras tan pegadizas que nos enseñaron en un lugar tan espectacular como es Ngorongoro.

Y de nuevo, pronto a dormir porque al día siguiente había que madrugar mucho para realizar el safari por el cráter.

Jambo, jambo bwana…

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